El nombre viene del latín locus communis, un lugar común, es decir, un tema general bajo el cual archivar extractos. A diferencia de un diario, que es cronológico e introspectivo, un libro de lugares comunes es temático y mira hacia fuera: reúne lo mejor de lo que un lector encontró para poder hallarlo de nuevo y reutilizarlo en la escritura, el discurso y el debate. Figuras de Milton a Thomas Jefferson los mantuvieron, y los educadores renacentistas enseñaban esta práctica como método formal.
La práctica codifica principios de aprendizaje duraderos. Copiar un pasaje a mano obliga a seleccionar, el juicio de qué merece conservarse, y archivarlo bajo un tema obliga a categorizar, un acto de elaboración que enlaza el nuevo extracto con una estructura de ideas existente. Releer una colección temática yuxtapone después a autores que nunca se conocieron, que es donde suelen aparecer las conexiones originales.
El subrayado digital recrea esta práctica a escala de la web: los subrayados son los extractos, las etiquetas son los encabezados temáticos y la búsqueda sustituye al índice. Lo que la tradición añade a las herramientas es el hábito de volver, porque un libro de lugares comunes estaba hecho para leerse tanto como para escribirse.