La disciplina no es privación… ofrece recompensas.
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«Busca en los demás sus virtudes; en ti, tus vicios».
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Antiguamente, la virtud constaba de cuatro elementos clave: Coraje. Templanza. Justicia. Sabiduría.
Cuatro libros.[1] Cuatro virtudes. Un objetivo: ayudarte a elegir… Coraje, valor, fortaleza, honor, sacrificio… Templanza, autocontrol, moderación, compostura, equilibrio… Justicia, imparcialidad, servicio, hermandad, bondad, gentileza… Sabiduría, conocimiento, educación, verdad, introspección, paz…
Aristóteles describió la virtud como una especie de oficio, algo a lo que aspirar, como uno aspira al dominio de una profesión o una habilidad. «Los hombres se convierten en constructores construyendo y los citaristas, tocando la cítara —escribe—. Pues bien, del mismo modo nos convertimos en personas justas al realizar acciones justas y valientes».
Estamos empoderados, liberados, y somos más afortunados de lo que cabría esperar… ¿Por qué somos tan infelices?
La tecnología, el acceso a todo, el éxito, el poder y los privilegios solo son una bendición cuando van acompañados de la segunda de las virtudes cardinales: el autocontrol.
Desde Aristóteles hasta Heráclito, desde santo Tomás de Aquino hasta los estoicos, desde la Ilíada hasta la Biblia, en el budismo, en el confucianismo y en el islam, los antiguos tenían muchas palabras y muchos símbolos para lo que equivale a una ley eterna del universo: debemos mantenernos bajo control o arriesgarnos a la ruina.
Podemos decir que todos tenemos un yo superior y un yo inferior que están en lucha constante.
La parte que sabe centrarse contra la parte que se distrae con facilidad. La parte que se esfuerza y consigue lo que quiere contra la parte que se inclina y cede. La parte que busca el equilibrio contra la parte a la que le encanta el caos y el exceso.










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