«Como es arriba, es abajo». Esa oscura y ancestral frase atribuida al dios Hermes Trismegisto se aplica a la idea científica de la panspermia. Los planetas se fecundan de un modo similar a los óvulos. Los cometas actúan como espermatozoides que invaden a su anfitrión y lo transforman desde dentro, desencadenando la vida. Los viejos señores del cielo no estaban tan desencaminados después de todo…
Osiris en Egipto, Enlil en Sumeria, Oannes en Babilonia, Viracocha en los Andes y Deméter en Grecia —por citar solo a unos pocos— mostraron a los humanos qué especies cultivar, cuándo y dónde hacerlo, les entregaron el arado, les enseñaron, como Hermes en Grecia, a hacer cercados y, finalmente, les señalaron aquellos animales más aptos para ser dominados y criados en cautividad. Las historias de esos «dioses instructores» están entre las más fascinantes del mundo antiguo. Yo las adoro. Me parecen todo un misterio. No hay civilización que no cuente con ellas. Pero ninguna nos advirtió de los peligros que traería esa nueva clase de cohabitación con la naturaleza.
Hera, burlada por la muerte de Argos, y sabiendo que algo no marchaba bien en aquella dehesa, decidió atajar de raíz el idilio de Zeus poniendo en fuga a la mortal Ío. No quería volver a ver a aquella vaca y para espantarla le ató un tábano a los cuernos. ¡Qué horror! Las rabiosas picaduras del insecto obligaron a la hermosa criatura blanca a abandonar los campos elíseos a la carrera. Mugiendo de dolor, Ío atravesó el mar Jónico —que lleva su nombre en recuerdo de aquel momento—, pero también cruzó la Iliria, la Tracia y el Cáucaso. La pobre no se detuvo hasta llegar a Egipto, donde al fin, lejos de la magia de Zeus, recuperó su forma humana, se transformó en Isis y dio a luz un hijo al que en Grecia llamamos Épafo, pero que muchos creemos pudo ser Horus o un hermano de este.
lo mejor y lo peor que le puede pasar a un ser humano siempre es invisible a sus ojos. Piénsalo.
Creer por obligación en algo no significaba que fuera más cierto. La verdad era otra cosa para ellos. Argumentaban que, si te la imponen, si no se abre paso ella misma, es necesariamente falsa. Para definir la verdad más allá de toda duda, los griegos utilizaron una palabra con un sentido ligeramente distinto al que usamos hoy. La llamaban alētheia, «lo que en verdad no se ha olvidado». Acceder a ella, pues, requería de un serio ejercicio de memoria. Y los discípulos de Parménides lo conseguían a través de la anámnēsis, de la rememoración.
Tus antepasados sabían que la verdad, lo auténtico, es algo que descansa dentro de nosotros y que debemos tratar de recuperar. ¿Tú no? Cuando tropiezas con algo que es verdad, ¿no es como si de repente lo recordaras? ¿No te reprochas lo torpe que has sido de no haberte dado cuenta antes de ello? ¿No es como si recuperaras algo que siempre fue tuyo? Nuestros mitos lo explican muy bien: los viejos griegos creían que antes de nuestro nacimiento los dioses nos obligaban a beber del Lete, el río del olvido, para que la bruma nos hiciera perder de vista nuestros orígenes divinos y no les reclamáramos lo que, por justicia, debería ser nuestro.
este fuera algo ajeno al resto del universo. ¿Sabes cómo llamaban en Italia a las pandemias en el tiempo que siguió a la peste negra? Negué con la cabeza. —Influenze. Creían que la influencia de las estrellas era la causante del Mal. ¿Y sabes? En el fondo, creo que no se equivocaban. —¡Y yo tampoco!
Sí, Arys. Un arquetipo es una idea primitiva que duerme dentro de nosotros, que no es nuestra, sino heredada de un pasado remoto, y que con frecuencia emerge en sueños o en imágenes que creemos recordar. Sigmund Freud se obsesionó con ellos y los llamó «remanentes arcaicos». Ideas fósiles que traemos instaladas en nuestro subconsciente y que solo afloran de tarde en tarde. Jung, el discípulo díscolo del padre del psicoanálisis, las llamó «imágenes primordiales». Creó el término «arquetipo» a partir de nuestro idioma —de ἀρχή, «fuente, principio u origen», y τύπος, «modelo»— y lo vinculó a los relatos mitológicos25.
Sebeok, como buen semiólogo, sabía que no existe idioma, sistema de signos ni convención comunicativa que resista tanto tiempo sin alterarse. Textos sumerios escritos hace cincuenta siglos sobre tablillas de barro resultaron indescifrables hasta bien entrada la Edad Moderna. Las inscripciones mayas descubiertas por Hernán Cortés en el siglo XVI todavía ocultan algunos secretos, y hasta los jeroglíficos egipcios descifrados por Champollion, de solo tres o cuatro mil años, deben ser repasados de tarde en tarde porque aún contienen elementos que se nos escapan. Y se trata de casos que suponen la mitad del tiempo medio de vida de esa basura nuclear. Escribir o dibujar un mensaje para advertir de la radiactividad no parecía, pues, la solución. Pero entonces, ¿dónde buscarla? ¿Cómo mantener lejos de un cementerio así a un hombre del, pongamos, año 9920? El artículo que encontré proponía, al fin, algo inteligente. El doctor Sebeok elaboró un documento26 que fue remitido a más de quinientas autoridades competentes en seguridad nuclear de todo el mundo con la posible solución. En él, de un modo intrépido, proponía una respuesta al dilema que yo misma hubiera suscrito: ¿Y si se recurría al mito? El grupo que estudió su propuesta se llamó Human Interference Task Force (HITF) y la examinó con cuidado. El informe de Sebeok concluía que cualquier texto o logotipo sería inútil como advertencia. Tampoco se podía confiar en una tecnología que generara sonidos o imágenes disuasivas y que terminaría quedándose obsoleta. Había que impulsar algo resistente al paso del tiempo y comprensible para cualquier mentalidad o cultura. Sugirió algo simple. De una sencillez asombrosa. Bastaría con crear un «relato de miedo» que se asociara al cementerio nuclear. Uno tan potente y magnético que nadie pudiera resistirse a compartirlo y que mantuviera alejados a los curiosos. Inspirado en las maldiciones asociadas a las tumbas egipcias, Sebeok propuso imitar esa estrategia… Pero añadió algo más a su informe: junto al mito habría que crear una suerte de «sacerdocio atómico» que se encargase de fomentar las ideas supersticiosas y terroríficas que «maldijesen» permanentemente el cementerio radiactivo. Una especie de congregación de sabios, tan alejados como fuera posible de los vaivenes políticos y que renovase cada año su discurso, actualizándolo de generación en generación. Su preocupación —claro— era que ningún «sacerdocio» humano ha durado tanto en la historia. ¿Sería el HITF capaz de crear uno lo suficientemente sólido para mantenerlo y adaptarlo —por razones de seguridad— a lo largo del tiempo? ¿Y cómo sobreviviría esa congregación al previsible futuro colapso de la cultura que lo generó? «Estas persistentes y ampliamente difundidas resonancias mitológicas e iconográficas —escribió el doctor Sebeok en sus páginas— están buscando una resolución que conduzca a la primera recomendación, a saber: que la información se lance y se transmita artificialmente al futuro a corto y largo…










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