Habermas_ Teoría de la Acción Comunicativa(M4A_128K)

Sebastian Rodriguez

Sebastian Rodriguez

May 21, 2025 1:10 AM

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En el vídeo pasado abordamos el libro La Crítica de la Razón Instrumental, en el que Jorge Heimer critica a la modernidad y a la razón instrumental, pero a diferencia de Adorno y Jorge Heimer, en la década del 60 surge otro filósofo de la Escuela de Frankfurt que desea rescatar la modernidad y, sobre todo, el proyecto de la ilustración. Estamos hablando ni más ni menos que de Jürgen Habermas. Habermas es consciente que las predicciones catastrofistas de sus mentores pueden hacerse
realidad. Es decir, es consciente que en la civilización moderna la razón que más opera es la instrumental y la estratégica, y que la suma de ambas pueden derivar en estados sumamente autoritarios y tecnocráticos. Por consiguiente, Habermas propone una razón alterna a la razón instrumental al que él llama razón comunicativa, y que está expuesta en su magna obra La teoría de la acción comunicativa. Así que en este video vamos a explicar y resumir uno de los libros filosóficos y sociológicos
más importantes de las últimas décadas. Bienvenidos al Templo de Delfos. En 1981 se publica La teoría de la acción comunicativa, obra que está conformada en dos tomos y que puede dividirse en un sentido sistemático en cuatro complejos temáticos. Primero en una teoría de la racionalidad, segundo en una teoría de la acción, tercero en una teoría del orden social y cuarto en un diagnóstico de la época. Empecemos por el primero, una teoría de la racionalidad.
Habermas se niega a seguir tanto a los neoutilitaristas como a los postmodernos, y por ello pretende formular una concepción más amplia de la razón, a la que le pone la etiqueta de razón comunicativa. La intuición que hay detrás de este concepto tiene que ver con el lenguaje, y puede formularse de la siguiente manera. No estamos forzados a aceptar una concepción de la racionalidad tan angosta como los utilitaristas,
pues cuando en la vida corriente hablamos unos con otros, lo hacemos sobre aspectos y fenómenos muy diversos y sin embargo esperamos alcanzar la conformidad, esto es, poder lograr un consenso racional. Así pues la práctica cotidiana muestra que confiamos en la razón en un grado sustancialmente mayor del que nos proponen los utilitaristas. No obstante, Habermas no se da por satisfecho con suponer de forma solo intuitiva el gran
potencial de racionalidad de la praxis cotidiana y del lenguaje, sino que apoyándose sólidamente en conocimiento de la filosofía analítica del lenguaje, procede a analizar más precisamente este potencial de racionalidad. De este modo, Habermas recurre a la filosofía analítica del lenguaje, sobre todo a la teoría de los actos de habla expuestos por filósofos como John Austin y John Searle, justamente porque los actos de habla pueden referirse a aspectos del mundo completamente diferentes,
y esta es precisamente la idea que Habermas retiene. Habermas sustenta la tesis de que en toda manifestación a través del lenguaje, y en principio incluso en toda acción, hay exactamente tres pretensiones válidas que en cada una de nuestras declaraciones y acciones hacemos. Primero, en toda declaración nos referimos a algo del mundo y afirmamos que algo es de una determinada manera y no de otra. Segundo, en toda declaración y toda acción definimos también una relación social y
decimos algo sobre si una cosa es o no es razonable, cierta y normativamente correcta en un sentido social. Y por último, en toda acción o declaración tiene que darse una pretensión de validez en cuanto a la veracidad de las vivencias o los deseos que expresamos en cuanto a la autenticidad y la consistencia de nuestras acciones. En resumen, cada vez que formamos parte de cualquier proceso comunicativo orientado al
entendimiento recíproco, necesitamos expresarnos con un contenido proposicional verdadero, tender a un acuerdo recíproco sobre la base de normas y valores considerados como válidos, y por último, ser sinceros en lo que decimos. LA TEORÍA JAVERMACIANA DE LA ACCIÓN Ahora pasemos al segundo. La teoría javermaciana de la acción se halla estrechamente ligada a la concepción de racionalidad. Y esto no es nada sorprendente, pues Habermas desarrolla su teoría de la acción partiendo
de su teoría de la racionalidad. De este modo, Habermas distingue cinco tipos de acción. Una en la acción instrumental, otra en la acción estratégica, otra la normativa, otra la dramatúrgica y por último la acción comunicativa. La acción instrumental se ejerce, según Habermas, sobre objetos materiales. Es decir, es una acción que elige los medios adecuados a la finalidad de disponer de la naturaleza, de manipular cosas, etc.
La acción estratégica, en cambio, no está referida a objetos materiales, sino a otros sujetos. Aunque aquí también se actúa conforme al esquema medio fin. Ahora, la acción comunicativa, normativa y dramatúrgica tienen aspectos en común, puesto que a diferencia de la acción instrumental y estratégica, no parten de un actor solitario que solo manipula objetos o a otros individuos como objetos. Por ejemplo, en la acción regulada por normas, esperamos determinados comportamientos dentro
de un grupo y nos referimos a normas comunes, mientras que en la acción dramatúrgica estilizamos nuestras vivencias ante unos espectadores. Pero a diferencia de las dos anteriores, en la acción comunicativa, los actores que actúan buscan conjuntamente lograr un entendimiento efectivo. Así pues, la acción comunicativa no es teleológica, es decir, no está enderezada a un objetivo propuesto. No está orientada ni a la consecución de fines determinados, ni al objetivo de seguir
normas existentes e incuestionadas. La acción comunicativa se distingue más bien porque en ella se suspende la validez de los objetivos propuestos, porque en una acción comunicativa se trata de una discusión sincera con otras personas que no pueden ni deben concluir con el logro de un objetivo. Es decir, cuando mantengo una discusión con otros, debo contar con que mis fines y mis metas puedan ser revisados, rebatidos o rechazados de forma convincente en esa discusión.
Por ende, en esta forma de comunicación, todos los interlocutores han de estar abiertos al resultado del diálogo. Y esto significa que la acción comunicativa, la acción oriental como un acuerdo, es precisamente por ello una acción no teleológica. Vean este cuadro. Como verán, la acción comunicativa es una acción orientada al entendimiento. Y además, la situación de la acción es de carácter social. De hecho, con todo lo mencionado podemos comprender por qué Habermas pone a la acción comunicativa
como concepto opuesto al de la acción instrumental y estratégica. Ya que la acción comunicativa es una acción que necesariamente tiene siempre como presupuesto otros actores capaces de argumentación. Ahora bien, partiendo de todo lo mencionado, Habermas pretende que en el marco de una democracia deliberativa se ponga en práctica la razón y la acción comunicativa para que los diversos sectores de la sociedad puedan llegar a consensos.
Pero para que esto pueda llevarse a cabo, Habermas arguye que los agentes políticos deben cumplir con varios presupuestos. En primer lugar, en una democracia deliberativa deben participar todos los sectores de la sociedad. En segundo lugar, todos los participantes deben aplicar la razón comunicativa, es decir, deben realizar afirmaciones con proporciones lógicamente válidas, deben realizar afirmaciones en función de los criterios normativos establecidos, y por último, deben expresar y afirmar las
intenciones de modo verdadero. Y si alguna de estas pretensiones de validez universal no son respetadas, la razón desciende a lo instrumental o a lo estratégico, y la comunicación queda total o parcialmente suspendida. Ahora, en tercer lugar, es necesario que los participantes reconozcan que hay un otro y entablen las relaciones de una manera simétrica, por lo que en estas circunstancias nadie debe pensar que es el dueño de la verdad o desean imponer al resto su postura, ya que como bien
explicamos antes, a la hora de aplicar la acción comunicativa, los agentes deben estar abiertos a que sus fines y sus propósitos sean revisados, refutados o incluso rechazados por los demás, de tal modo que todos los participantes deben estar abiertos al resultado de la comunicación o del diálogo, porque lo que se busca con esto es que el mejor argumento o propuesta sea el vencedor de la comunicación. También la teoría del orden de Habermas está firmemente anclada en su concepción
de la racionalidad y de la acción. Habermas habla aquí de dos tipos de orden social, por un lado, el orden propio del mundo de la vida, y por otro lado, el orden de los sistemas. Habermas deriva hasta cierto punto los dos tipos de orden, diferenciándolos de forma dicotómica. Ahora bien, el mundo de la vida es, en opinión de Habermas, un control de la vida y la vida Habermas, un contexto ordenado en cuya realización los individuos están implicados en la medida
en que hacen referencias a normas comunes, a un acuerdo en común, a una cultura en común, etc. Los sistemas, por lo contrario, corresponden en su estructura a modelos que no expresan una voluntad determinada de las personas implicadas, sino que el orden solo es resultado no intencionado de las acciones de muchos individuos. Aquí las consecuencias de la acción originan los modelos, del mismo modo que, por ejemplo,
en el mercado, los que en él participan comprando o produciendo resulta en un determinado precio. Asimismo, Habermas plantea que en el mundo de la vida existe una integración social gracias a la acción comunicativa de los individuos que en un común acuerdo pueden direccionar sus acciones. Pero por lo contrario, en el sistema, lo que existe es una integración sistémica en la que no es posible la acción comunicativa, ya que la integración sistémica es generada
por procesos de autorregulación que escapan del control de cualquier individuo, como por ejemplo el mercado o los procesos burocráticos. A su vez, Habermas sostiene que en el sistema y en el mundo de la vida también pueden delimitarse según estén o no copresentes los participantes en las interacciones, mientras que la coordinación sistémica de la acción, por ejemplo, en el mercado, se produce mediante actos en los
que los actores, como el comprador y el productor por lo común no se conocen entre ellos. La integración en el seno del mundo de la vida se distingue porque en ella los actores se hallan frente a frente de un modo directo o al menos relativamente directo en una situación concreta de la acción, porque éstos están físicamente copresentes y por tanto sus acciones pueden armonizarse entre sí. Con esto, entramos en el cuarto gran tema de la teoría de la acción comunicativa,
el diagnóstico de la época. Habermas enlaza su diagnóstico de la época directamente con sus reflexiones sobre la evolución, justamente porque Habermas presenta la evolución social como un proceso gradual de desacoplamiento entre el sistema y el mundo de la vida, y describe cómo a partir de sociedades muy simples en su mundo de la vida fueron poco a poco diferenciándose sistemas especializados, sobre todo el mercado y el estado, que a través de sus medios específicos siguieron cada
uno su particular dinámica. De tal modo que Habermas llega a la idea de que en el curso de la evolución sociocultural, únicamente la economía y con cierto límite la política, se diferenciaron del ámbito de la interacción directa de los miembros de la sociedad, y comenzaron a funcionar de una manera que se distingue cada vez más de la comunicación corriente por el empleo de sus medios, el dinero en el sistema económico y el poder en el sistema político.
Ahora bien, a partir de todo lo mencionado, Habermas defiende la idea de que los sistemas deben permanecer desacoplados, y acepta que la economía y en cierta medida la política deben diferenciarse como sistemas específicos, puesto que para Habermas, en el curso de la evolución sociocultural, el desacoplamiento de los sistemas ha generado un elevado nivel de deficiencia. Y más de que le pese a los utopistas de izquierda, Habermas arguye que el dinero y la administración
política racional son mecanismos funcionales y renunciables de las sociedades modernas, y que la implantación de un poder directo de los productores y la supresión del dinero generarían una enorme pérdida de eficiencia y de racionalidad. Por otra parte, Habermas advierte contra todo lo que sea dar completa libertad a los mecanismos sistémicos y dejarles que penetren demasiado en el mundo de la vida. Esto es lo que sucede cuando se mercantilizan las actividades cotidianas, como por ejemplo,
cuando la ayuda espontánea entre vecinos se transforma en una acción realizada a cambio de dinero, o cuando miembros de una familia solo están dispuestos a colaborar en tareas domésticas a cambio de dinero. Habermas ve en esta mercantilización de ciertos ámbitos de la vida una forma de colonización del mundo de la vida, ya que en este caso, las transacciones monetarias amenazan con desalojar las demás formas de relacionarnos.
Pero para Habermas, una colonización del mundo de la vida no es solo una amenaza del mercado, sino también del estado, precisamente porque el estado de bienestar, con su tendencia a querer regular burocrática y jurídicamente todos los órdenes de la vida social, encierra el peligro desalojar las interacciones del mundo de la vida, cuando por ejemplo, se define legalmente hasta el último de los detalles en las que ya no son personas normales las
que discuten, sino abogados ante unos tribunales cuyas decisiones las impone luego la administración estatal. Por consiguiente, el diagnóstico de época que realiza Habermas no es muy alentador, ya que daría la sensación que el mundo de la vida estaría amenazado por el avance de la regulación estatal y también por el avance del sistema capitalista. Habermas está en contra del posmodernismo, y por ende no desea que las personas estén
atomizadas e inmersas en sus propios juegos de lenguaje, tampoco desea que existan múltiples verdades y al mismo tiempo no quiere caer en las verdades absolutistas que proponen las religiones. Por eso, para hacer frente a todo lo mencionado, Habermas propone que la verdad debe ser consensuada. Es decir, propone una teoría consensual de la verdad, que implicaría que toda verdad debe ser puesta en consenso por medio de la comunicación y de la mejor argumentación.
¿Cuál es el problema que observo en esto? Que daría la sensación que si llegamos por consenso que el feto humano no es una persona humana, entonces para Habermas habría que aprobar el aborto. Y si fuera todo lo contrario, habría que derogarlo. Esto sería algo así como que algo es o no es porque entre todos estamos dispuestos a reconocerlo de esa manera, y no porque algo realmente sea o no sea. Ahora bien, en situaciones en las que hay posturas diametralmente opuestas, ¿existe la posibilidad
de llegar a consensos? Y en los debates políticos, ¿es posible que un político pueda renunciar a sus intereses personales, partidarios y económicos en función del consenso y de una razón comunicativa? ¿Es posible que los políticos actúen en base a consensos y no por presiones externas o foráneas? Sinceramente lo dudo mucho. Pero pese a todo ello, hay que reconocer que Habermas ha realizado un gran esfuerzo intelectual
para que en el mundo no impere solo la razón instrumental y la razón estratégica. Y en esta época en donde las alarmas están puestas en el conflicto entre Rusia y Ucrania y en la posibilidad de una tercera guerra mundial, es más necesario que nunca que persista la cordura, el diálogo, la razón y el consenso. Lamentablemente estamos en tiempos oscuros. Esto es todo gente. Si te gusto el video dale me gusta, suscríbete y recuerda, conócete a ti mismo.
Adiós. Subtítulos por la comunidad de Amara.org

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