Al Hilo del Tiempo_ Genio_ locura y religión(M4A_128K)
ARROYO VALLEJO DIEGO RODRIGO
Oct 12, 2025 4:33 PM
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Al hilo del tiempo, por Ernesto de la Peña. Acompáñalo en su éxodo interminable por los grandes momentos de la cultura universal. No se exige más rigor que el de los lazos en las diversas manifestaciones del espíritu, ni otra guía que la imaginación. Al hilo del tiempo Muy buenas noches, amigos. Voy a ocuparme en esta ocasión, en Al hilo del tiempo, de un tema del que quizá recurrentemente me he ocupado ya.
Y es el tema de la locura, la insania, el desvarío, la insensatez y las posibles relaciones de todo ello con el genio. En la época romántica fue muy frecuente que se pensara que una forma de locura era el genio, el genio creador, el genio artístico particularmente. Esto ha quedado desvirtuado en la actualidad, pero de cualquier manera, cuando se da un caso de insania, se tiende de inmediato a aislarlo o a burlarse de él por falta de comprensión.
En el arte, el ejemplo más ilustre que puedo citar es de ese maravilloso, imitable, aunque inimitable en la realidad, Quijote de la Mancha. Don Quijote está loco. Don Quijote toma la realidad que él ve por la realidad real. Su fantasía es lo que rige sus actos. Está viviendo en un pasado que ya definitivamente se fue. Pero ¿eso a qué lo conduce? A las buenas obras, a las buenas intenciones, a un humanismo ejemplar.
Y también en sus momentos de sensatez humana, porque la otra es insensatez divina, tiene una lucidez particularmente notable, que se demuestra, por ejemplo, cuando a Sancho, los Duques, que es la parte más alucinante de la segunda parte del Quijote, le proponen a Sancho que se vaya de gobernador de la inexistente Ínsula Barataria. Y entonces Don Quijote, cuyo escudero era Sancho, se siente obligado moralmente a darle grandes consejos
acerca de cómo gobernar ese territorio que le tocó en suerte. Los leemos, son verdaderamente hermosos. Son ejemplo de buen gobierno. Pero no sólo de buen gobierno, porque se puede interpretar esto como una eficiente administración. No, son ejemplo de humanidad, de humanidad bien entendida. Y sin embargo, se le tilda de loco. Me temo que a los locos de esta naturaleza, que realmente son los que pueden salvar a esta tan vilipendiada humanidad,
siempre se los tilde de tal manera. Y en algunos casos concretos y por razones muy diversas de las que estoy hablando, ha habido individuos tocados por el genio que han terminado en el suicidio. Por su propia mano se han dado muerte porque tuvieron una decepción amorosa, porque se frustraron en sus ideales artísticos o por cualquier razón. Y de inmediato es muy fácil decir estaba loco, sin poderse realmente meter en el psiquismo de ese individuo
y ver qué infierno se estaba padeciendo. Las frases hechas con mucha frecuencia son sabias, pero muchas veces también yerran. Se dice como fórmula ya establecida, escapó, en una forma muy cursi por cierto, escapó por la puerta falsa del suicidio, o tomó la solución fácil del suicidio. Yo le puedo asegurar a cualquier persona que si ahí llega un momento, que espero que no llegue para nadie, en que tenga realmente tentación de quitarse la vida,
ponga a pensar si es fácil tomar la determinación y llevarla a cabo, y se dará cuenta de que es lo más difícil del mundo, porque no tenemos certidumbre de nada más que de este mundo. Las religiones se empeñan en decirnos que en el más allá, particularmente la cristiana, hay premios y castigos según el comportamiento del hombre. Son vendedores del más allá, nada más que eso. No hay constancia alguna de que haya un más allá,
o de que sea un más allá de esta estricta justicia, en donde se castiga a unos y a otros se premia. Uno de los más grandes teólogos de los orígenes del cristianismo, teólogo oriental, que escribía en griego, Orígenes, fue brillantísimo en todas sus exposiciones teológicas, en ediciones de textos importantes que hizo, su saber era universal y apabullante, en una palabra era un enorme erudito, un enorme sabio.
Pero un día tuvo un razonamiento que a los demás de su gremio, es decir, a los ortodoxos o sedicentemente ortodoxos, les pareció una aberración, porque con un razonamiento, a mi juicio, impecable. Dijo, Dios debe ser todo bondad, todo misericordia, todo perdón de los pecados, puesto que es infinitamente bueno. ¿Cómo puede conllevarse esta idea de la bondad de Dios con un castigo eterno? Y razonaba diciendo, el peor de los criminales,
el más abyecto de los delincuentes, ha pecado, ha hecho todas las tropelías, y ha atropellado, matado, violado, quemado, asesinado, todo lo posible en el ser humano cuya abyección no tiene límite. Pero tiene un término, que es el término de su vida. Sería justo ante la justicia divina, valga la redundancia, que por esa serie de transgresiones abominables, pague eternamente las mismas. Y entonces llegó a una teoría que hasta la fecha
sigue considerándose blasfema en la iglesia católica y en la iglesia ortodoxa. Esa teoría se llama la apocatástasis. Apocatástasis es palabra griega y significa restitución. Orígenes sostuvo, brillantísimamente, que así como Dios es misericordia, debe privar en él, incluso para hacerlo más bello y más deseable, el amor, la justicia, la comprensión, el perdón. Entonces, la apocatástasis consiste en el perdón,
ya en el más allá, de todas las transgresiones, de todos los crímenes, de todas las abominaciones, y que todo vuelva a su estado primigenio. El hombre se supone que nace bueno y que se corrompe en la vida. Entonces se le restituye a su estado original y todo el mundo sale perdonado. De allí que estos infiernos medievales, tan patentes para muchos, tan dolorosos y tan temibles para todos, fomentados por uno de los más grandes genios de la humanidad, Dante Arriguiri,
que lo describe con particular cevicia incluso, el infierno, no vengan a ser, a fin de cuentas, más que con toda la admiración irrestricta que yo tengo por el genio de Dante, una señal, un símbolo de los tiempos. Dante pertenece al medievo, y en el medievo se creía a pie juntillas en la existencia de esto, en el más allá, premios y castigos, incluso la existencia de un tercer reino, que es el purgatorio, intermedio.
De un lado los condenados en el infierno, los salvados y ya que gozan de la presencia de Dios, es el paraíso, y en medio el purgatorio donde se purgan las penas, mejor dicho, se purgan los delitos de menor envergadura. Se purga todo aquello que no llegó a ser una transgresión mayúscula. Esta es la estructura, la arquitectura de la Divina Comedia. Le Goff, un gran erudito francés, tiene un estudio apasionante acerca del nacimiento del purgatorio,
porque desde la antigüedad clásica que nos sigue nutriendo, sólo había dos reinos de otra tumba, uno de castigados y otro de salvados, y de pronto en el siglo XII aparece ese tercer reino. Había desde luego ya indicios desde antes, pero propiamente la creación del purgatorio se debe a ese siglo magnífico. Por ahí hubo algún historiador cuyo nombre se me escapa, que dijo que había sido el más grande de todos los siglos.
Ahí nacen grandes genios, allí florece la querella de los universales, allí se crea o se vuelve a la vida el amor romántico en Provenza, una serie de cosas que hablan muy alto de la humanidad de aquellos días. Claro que es un poco lato decir sólo siglo XII, es un poco antes y un poco después también, pero estas doctrinas, todo tiene un momento de exageración, porque si en Orígenes nos encontramos la doctrina de la apocatástasis,
en una secta rusa que tuvo predominio en ese país, en los siglos XVII a XIX aproximadamente, llamada Klisti, se afirmaba lo siguiente, esa secta pecaba por extremosa, y decían lo siguiente los Klisti, hay que exagerar el pecado, hay que cometer todos los pecados posibles para que Dios ejercite su misericordia, es decir, hay que poner a prueba a Dios. ¿Para qué? Para que se demuestre que realmente es tan bueno como suponemos que es.
Pero vayamos a una pausa. El hombre bien lo sabemos está hecho de contradicciones. Lo dijo excelsamente Omar Jayam, el gran poeta, filósofo, sabio, matemático, astrónomo, persa, al decir que en el alma del hombre habitan por igual el cielo y el infierno. Y es verdad, yo estoy seguro que cualquiera de nosotros, si es honesto consigo mismo, debe reconocer para sí que puede llegar a cometer un homicidio, en un momento de ira, de celos, de pasión,
de borrachera incluso. Desgraciadamente así puede suceder. ¿Qué es lo que nos controla? Bueno, un sentido moral. Ya lo decía Kant, decía que en el universo físico el mundo estrellado, el universo estrellado estaba allí y dentro de él la ley moral. La ley moral es la que nos conduce, la que nos impide delinquir dentro de muchas reservas. Porque solo en casos de fanatismo religioso y creo que no otro, bueno, fanatismo político, por supuesto,
se puede recomendar liquidar a los enemigos, matarlos. De ahí lo odioso de las guerras. Porque, pues, ¿qué sucede en una guerra? Que de pronto uno muere o queda malherido o incapacitado para siempre por un individuo que realmente no ha visto en su vida, ni tiene nada en contra su vida. Hay un caso muy patético y muy doloroso en la poesía francesa. Un gran poeta, pero gran poeta, de principios del siglo XX, finales del XIX,
Charles Péguy, poeta católico, observante, de una deslumbrante poesía, sonora y bellísima, que es la poesía francesa. Fue llamado a filas en la Primera Guerra Mundial y tuvo que ir, como buen ciudadano francés que era, y con tan mal destino que, si no me equivoco, el primer día que estuvo en las trencheras, le dieron un balazo en la frente y lo mataron. Es decir, ¿qué sentido tenía aquello? Bueno, ¿qué sentido tiene matarse así?
Ninguno. Pero cuando se hiere a un individuo que es honor de una sociedad, duele todavía más. El ejemplo contrario y muy admirable es el de otro grandísimo poeta, Rainer Maria Rilke. Rilke también tenía que alistarse también en la Primera Guerra Mundial porque él era súbdito del Imperio Austrohúngaro y lo llamaron a filas. En la Primera Guerra Mundial hubo una protesta de todos los pueblos de lengua alemana, increpando al gobierno austrohúngaro,
insultándolo porque había arriesgado, estaba arriesgando la vida de una de sus glorias por una guerra estúpida. Por fortuna, para Rilke y para la humanidad, no pudieron sacarlo de filas pero sí le mandaron a una oficina administrativa de cuestiones militares en donde no corrió peligro su vida. La prueba de ello es que siguió viviendo hasta 1926, ya muy terminada la Primera Guerra Mundial. Entonces, todas estas características del hombre,
todas sus alturas y sus bajezas, pues las tenemos que aceptar si queremos percatarnos de quiénes somos. Pero por otra parte, en esta cuestión de lo religioso que es tan preocupante y que gobierna a tantos seres humanos en el terreno de lo que para una persona muy despegada de todo esto no es sino una superstición porque no hay demostración alguna de la vida postumbran, es decir, después de la muerte. Las religiones se han servido con la cuchara grande
porque en todas ellas, o cuando menos en un número muy elevado de ellas, se habla con este mismo criterio, premios y castigos. Hay algunas doctrinas que pueden sonar un poco simples. Si no me equivoco, en uno de los paraísos del pueblo Mexica, la felicidad del paraíso consistía en estar en un lugar lleno de mariposas, en un lugar muy hermoso, y las mariposas son maravillosos insectos. Pero quizá, si se coteja esto
con todo lo que dice Dante acerca de la visión de la Trinidad y todo esto, pues quede muy corto. Pero la imaginación humana es la que priva en todo esto, es la que gobierna. Y las iglesias, en general, repito, se aprovechan de esto, se aprovechan del temor del hombre. No en balde se dice que las religiones nacen del temor. ¿Del temor ante qué? Ante lo desconocido. Nadie puede afirmar que sabe, que le consta y que puede demostrar
que más allá de la vida hay algo. Absolutamente nadie. Y quien lo diga o está demente o estorpe o no sabe lo que dice. Sería maravillosamente bienvenida una demostración de que efectivamente en el más allá hay una supervivencia. En uno de los autos sacramentales más bellos de Calderón de la Barca, el Gran Teatro del Mundo, Calderón era observante, no sólo eso, era religioso. Y era un teólogo que se demuestra enorme
a través de sus obras de teatro. Pues en el Gran Teatro del Mundo contrasta los estados del hombre. Uno de ellos es el rico, el opulento, el que tiene todo. Y el otro es el miserable, el que no tiene absolutamente nada. Llega el momento de la muerte y el rico se aterroriza y empieza a lamentarse porque se va a morir y porque deja todas sus riquezas y todos los placeres en esta tierra. El pobre, por lo contrario,
tiene la esperanza de que en el más allá todo lo que fue escasez sea abundancia, todo lo que fue sufrimiento sea placer, en una palabra que se le compense lo mucho que padeció en esta tierra en el mundo del más allá. Pero esto es Calderón. Y Calderón queda totalmente inscrito dentro de la Iglesia Católica. El genio suyo es absolutamente indudable. Pero también tenemos que acostumbrarnos a que en el momento en que uno enjuicia,
si se puede hacerlo, a alguien, hay que situarlo en medida de lo posible en su tiempo, en su lugar, en su circunstancia, en sus creencias. No puedo yo juzgar a Calderón de conformidad con mis ideas del siglo XXI en otro país, aunque hable la misma lengua, en otro país, en otro ambiente y con otra formación. Si nosotros tratamos simpáticamente, en el sentido literal de la palabra, de acercarnos a todos y cada uno de los grandes creadores,
de los grandes hombres, nos daremos cuenta de que muchísimos de ellos creyeron en el más allá, creyeron a pie juntillas en el más allá. Incluso un genio extraordinario en la filosofía y en las matemáticas, Blaise Pascal, o antecedente bastante directo de la computadora, porque Pascal crea la primera máquina de calcular que hay. Él tiene una, llamémosla, demostración de la existencia de Dios y lo llaman le parit pascal,
o sea, la apuesta de Pascal. Porque dice, yo no puedo demostrar si realmente existe Dios, con lo cual conlleva el más allá, premios, castigos, etc. Pero prefiero pensar, prefiero apostar a que sí, porque entonces todo vuelve a su lugar, todo tiene sentido, todo se acomoda. De otra manera, absolutamente nada. Entonces, mi apuesta va por ese lado. Desde luego que no creo que ninguno de los políticos contemporáneos que dicen, apuesto por tal cosa,
tienen siquiera idea de quién fue Blaise Pascal, pero curiosamente coinciden en la manera de decir, adopta un partido. Y en algunas religiones, por extraño que suene, no se busca la presencia divina, se busca el sumirse en el todo. Una de las religiones más iluminadas, más respetables, más humanas de la tierra, el budismo, no se está buscando a Dios. Es una religión atea, por muy extraño que pueda sonar. El hombre que llega a perfeccionarse
a través de varias reencarnaciones, que se va superando, llega a la condición de bodhisattva, es decir, que está cercano a ser Buda. Buda es el que ya recibió la iluminación divina. Y la iluminación divina conduce directamente al nirvana. El nirvana es un lugar donde nadie tiene conciencia de la personalidad. Uno, si muere, y muere para llegar al nirvana, se encuentra de pronto sumido en una especie de gran masa de individuos que vivieron,
pero no hay una conciencia de individuo. Esto, para el criterio occidental, es cuando menos muy remoto. Si no inaceptable, cuando menos muy remoto. Nosotros tenemos una idea radicalmente arraigada en nuestra persona, nuestro nombre y nuestras circunstancias, como diría Ortega. No estamos acostumbrados al anónimo. No nos gusta el anónimo. Eso se puede ver en todos los artistas y en todos los artistas, pero lo que quieren fundamentalmente
es que se les reconozca como grandes creadores. En cambio, si pensamos en un pintor chino o en un calígrafo chino, que tiene como gran gloria seguir lo que hizo su maestro y que ni siquiera pretende que se conozca su nombre, encontramos el polo antitético es la belleza misma. No importa quién la cree, no importa quién la cultive. Ellos crean la belleza y ahí se queda, como patrimonio universal, no como un cachito de esa belleza me corresponde,
que es la actitud que tenemos en Occidente y que yo creo que nadie puede dejar de lado. Vamos a una pausa. Subtítulos realizados por la comunidad de Amara.org Me agradece precisamente al Hilo del Tiempo y yo le agradezco que se haya tomado en cuenta mi programa. El señor Jorge Tomeo Ortiz me dice que, pues también que estoy haciendo una labor interesante para la cultura mexicana. Ojalá tenga usted razón. Muchísimas gracias.
El señor Gerardo Rueda también me felicita por al Hilo del Tiempo y dice que he tenido la fortuna de suscitar en él una inclinación mayor a la cultura y a la lectura, mejor dicho, y que lo va a tomar como una disciplina cotidiana. Es una magnífica costumbre. Y finalmente el señor Cristian Enciso en donde me dice, hablé yo de que en algunos evangelios apócrifos se habla de la violencia de Jesús y a él le recordó esto
un libro de José Porfirio Miranda llamado Comunismo en la Biblia que es continuación, por así decirlo, de una tesis llamada Marx y la Biblia. Sí conozco Marx y la Biblia y fue un pensador interesante Porfirio Miranda. Incluso la viuda continúa la labor. Hay un grupo que se reúne para estudiar sus escritos y hay algunos continuadores de su pensamiento. Desde luego que la violencia que se menciona en los evangelios apócrifos
es muy superior a la violencia que encontramos en los canónicos pero no perdamos de vista que en estos mismos Cristo en algunas ocasiones dice si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y si tu mano derecha hace algo malo, cortatela. Eso es violencia. Agradezco mucho la atención prestada a este programa. Gosten de todos los privilegios de la vida. Muchísimas gracias y muy buenas noches. Un programa de Ernesto de la Peña.
Escúchelo el próximo jueves a las 20.30 horas aquí en Opus. Subtítulos realizados por la comunidad de Amara.org
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